domingo, 30 de diciembre de 2012

por las familias - larazon.es



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El anuncio del «kerigma»

  • El iniciador del Camino Neocatecumenal meditará en Colón a partir de este vocablo griego



No hay cosa más grande en el mundo que el anuncio del Evangelio. «Dios ha querido salvar al mundo a través de la necedad del "kerigma"». El kerigma no es un sermón, no es una meditación. ¿Qué es el kerigma? Es el anuncio de una noticia que se realiza cada vez que se proclama. ¿Y qué es lo que se realiza? La salvación. «Dios ha querido salvar al mundo a través de la necedad del "kerigma"». La palabra «evangelio» significa Buena Nueva, Buena Noticia. «Evangelio» y «kerigma» es lo mismo. Anunciar el Evangelio es anunciar el "kerigma". Es tan importante anunciarlo, y que vosotros lo podáis escuchar, que a mí el Señor no me ha dejado casarme, para que pueda dedicarme por completo a esta misión. A través de una cosa aparentemente tan necia como es hablar, decir una noticia, se hace presente la salvación eterna de los hombres.
Normalmente, antes de anunciar el «kerigma, proclamo una Palabra» del Nuevo Testamento. Yo llevo siempre conmigo la Escritura. Hace 45 años que llevo conmigo la Biblia, siempre. Me impresionó el otro día la lectura en la que San Jerónimo dice a los presbíteros: «Tened siempre con vosotros la Sagrada Escritura, la Santa Escritura, la Biblia».
Muchas veces proclamo una Palabra que conocéis muy bien, que habéis escuchado a menudo en el anuncio del «kerigma», una Palabra que para mí es muy importante, porque dice: «Mirad, "ahora" es el momento favorable; mirad, "ahora" es el día de salvación» (2 Cor 6, 2). Este «ahora» es muy interesante, es perfecto, porque quiere decir que, cuando se anuncia el Evangelio, en ese preciso momento, se actúa la salvación. Aunque muchos me habéis oído hablar otras veces, no voy a decir cosas que ya habéis escuchado, porque la predicación es siempre nueva ya que es una obra que hace el Espíritu Santo, que acompaña a los que anuncian el Evangelio. Y lo más importante que hace el Espíritu Santo no es tanto inspirar a los que predican –también esto sin duda es muy importante–, como meterse dentro del que está escuchando, para que pueda creer en el anuncio. Tanto para decir lo que voy a decir, como para creer en lo que voy a decir, hace falta el Espíritu Santo. Como dice San Pablo: «Nadie puede decir: "¡Jesús es el Señor!" si no es por el Espíritu Santo» (1 Cor 12, 3). Para que creáis en lo que digo hace falta que el Espíritu Santo, que está en vosotros, os lo testifique, os lo selle. No es una cuestión racional. No es que os adherís a una verdad racional, o algo así. No. Para que creáis lo que estoy diciendo, necesitáis que os lo testifique dentro de vosotros mismos el Espíritu Santo.
Y esto siempre en vuestra libertad. Siempre. Por eso es un misterio cuando alguien escucha y acoge el anuncio del «kerigma». Uno es tomado y el otro dejado (Lc 17, 34). Uno escucha y cambia su vida, gracias a que la Palabra penetra en él. Esto es la fe según San Pablo. Dice San Pablo (cf. Rm 8, 16) que el Espíritu de Cristo desciende del cielo y, entrando en el hombre, da testimonio al espíritu de ese hombre de que Dios existe, de que Dios le ama, de que Dios es su Padre, de que Dios le ama como a un hijo. Este testimonio interior del Espíritu Santo es, como dice San Juan de la Cruz, un «toque de sustancia». Este testimonio te abre los ojos, te transforma. Es la obra del Espíritu Santo que acompaña a los evangelizadores. Por eso, no es tan importante lo que yo digo como el que Dios te haya elegido, que haya previsto hoy darte una «Palabra de Salvación» (Hch 13, 26) que puede cambiar tu vida. Vais a recibir una Palabra de Salvación, un don que os fortalecerá en la fe, que os hará crecer en la fe, que os ayudará en vuestro camino hacia el cielo: «Congratulations!» ¿Por qué? ¿Quizá porque uno de los que estáis aquí está en pecado mortal? ¿Porque quizá está liado con una mujer? ¿Porque tiene no sé qué problema? Dios es capaz de mover el mundo entero por una sola persona. Dios ha movido los hilos para hacerme venir aquí. Nuestro Señor está lleno de amor, de misericordia, de ternura. Sobre todo está lleno de amor a los pecadores, de amor a nosotros pecadores, a los ladrones, a los adúlteros, a la gente falsa, a los que siempre mienten, a los que roban, a los que juegan... Dios tiene un amor grande, grande, inmenso, a cada hombre, hasta dar la vida por el más pérfido, por el pederasta, por el más canalla. Dios ha dado la vida por él.



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